miércoles, 6 de agosto de 2008

V ESKORBUTO


“Hoy es uno de esos días en los que me gustaría ser de Eskorbuto”, dijo
Ernesto en cierto momento de aquel día tan especial.
Los años pasan y ellos siguen ahí, tozudamente, ganando batallas después de
muertos como decían del “Cid campeador”. Estoy esperando un tren, jugando con
mi hija y leo una pintada reciente en la pared de la estación: “Eskorbuto, eskizofrenia rock”. Camino por el paseo marítimo de Benicarló y pasan a mi lado dos chavales con chupas de cuero donde aparece su nombre escrito en la espalda. Están en
los retretes, en las conversaciones, en las reediciones, en los discos-homenaje. Son
una presencia constante y no sólo porque aparezcan en mis recuerdos, lo cierto es
que han dejado huella. Me resulta cuando menos una ironía comprobar que al buscar
mi nombre en internet, éste aparece a menudo vinculado a Eskorbuto.
Josu y Juanma fueron los ideólogos y máximos carismas de una banda con
muchísimo carisma. “Demasiados Enemigos” titularon su última obra. Nada más
cierto. Llegó un momento en que eran odiados por los “picas” del tren y por las gentes de bien, por la policía y por muchos militantes radicales, por los taberneros de medio Bilbao y por casi todos los músicos, por muchos “punkys” que les consideraban macarras y por muchos macarras que les consideraban “punkarras”. El “Anti Todo” terminó en “Demasiados Enemigos”, no podía ser de otra forma. Ni siquiera ellos mismos estaban unidos contra el mundo. Se odiaban con la misma intensidad que se amaban y se separaban amargamente para después volverse a juntar porque nadie les iba a comprender tanto como el uno al otro: pura esquizofrenia.
Recientemente estuve llevando castings para un programa de televisión. Se trataba
de encontrar aspirantes para un concurso en el que se busca pareja. Una de las
candidatas era una punky reglamentaria de las que ya no se ven. Se dedicaba a
hacer acrobacias con antorchas por la calle y como mascota tenía una ratita.
Cuando le preguntamos cuál era su música favorita respondió sin dudarlo:
Eskorbuto. En un ejercicio de vanidad le conté que yo les puse el nombre, ella me
miró con cierta guasa en la expresión y me soltó desafiante: “ya, pues yo bauticé a
los G.B.H., qué te parece”. Lo cierto es que así fue, y a veces pienso que quizá esa
acabe siendo mi mayor aportación a la historia de la humanidad.
Josu estuvo con nosotros desde el 77 hasta el 80, es decir, en la época en que éramos
un anteproyecto que andaba dando tumbos. La manera de conocerlo ya fue
bastante original. Manu, un amigo del instituto que militaba en las Juventudes
Comunistas (E.G.K.) me lió para dar una charla sobre rock en la Asociación de
Vecinos del barrio de Las Viñas. Yo no me veía dando charlas pero ante su insistencia
tuve una idea alternativa: haría una “proyección” sobre la vida, obra y milagros
de los Rolling Stones. Mis armas en aquella batalla eran:
a ) Un montón de revistas musicales.
b) Un proyector marca “Ricolor”, en realidad un juguete que resistía desde mi
infancia y proyectaba cualquier foto que le pusieras debajo.
Mi amigo Manu contaba con captar adeptos para el comunismo y yo esperaba
hacer lo mismo para los Rolling Stones.
Aparecieron unos quince tuercebotas del barrio, suficientes para abarrotar una
sala mínima. Les fui soltando todo el rollo mitómano que albergaba en la parte
ociosa de mí recalentada mollera, ocupada casi exclusivamente por el rock y alguna
sofocante imagen femenina. Llegó un momento en el que me fui quedando sin
material gráfico. Las múltiples informaciones, anécdotas y exageraciones seguían
fluyendo sin parar mientras las fotos se repetían sospechosamente. Decidí sobre la
marcha cometer una pequeña golfería, tomé una imagen muy borrosa de Roger
Daltrey y la intenté colar como una más de Mick Jagger. Nadie parecía haber reparado
en el cambiazo.
Cuando el acto terminó todos marcharon excepto uno. Era rubio, melenudo y
con barbas. Llevaba una chamarra roja ceñida con cuadros blancos, unos vaqueros
resobados y unas camperas machacadas. Portaba también una guitarra llena pegatinas,
la más grande de todas me puso en guardia enseguida: era la “diana” de los
Who. Era la viva imagen de un rockero-macarrilla de barrio. Sus ojos azules tenían
un brillo de malicia. En efecto, me había pillado. Encontrar entonces adictos a
la distorsión no era tan sencillo. Los enganchados al rock & roll nos olfateábamos
y nos juntábamos como bestias en celo pero lo de Josu era único. Para contarte tal
o cual episodio de la historia de los Who emulaba una por una la puesta en escena
de todos los componentes. Recuerdo representaciones entusiastas en el portal
de mi casa y vecinos aterrados que creían que le habría dado un ataque de epilepsia.
Pete Townshend, Keith Moon, Roger Daltrey y hasta el soso de John Entwistel
se reencarnaban en su nerviosa figura, y como buen mitómano, era el doble de
espectacular que ellos.
Josu se había fumado todos los “Popular 1” y todos los “Disco Express” del
mundo y recreaba también toda aquella literatura como Alonso Quijano hacía con
los libros de caballerías. Aquella pobre guitarra recibía golpazos constantemente
y nunca se rompía, si acaso le ponía otra pegatina sobre la grieta y en paz. Parece
que lo estoy viendo, marcando acordes y activando la púa a velocidad de vértigo,
siempre con un cigarro entre los nicotinosos dedos. Josu y yo pasábamos largas
horas soñando otros mundos con más acción y más interés pero Zarama se le
acabó quedando pequeño. A Josu le exasperaban aquellos periodos de “impasse”
en los que no hacíamos nada, tampoco veía con buenos ojos la presencia de
Nekane, le parecía que no lo vivía de verdad. El rechazo era mutuo. Ironías de la
vida: ambos tuvieron un final similar.
A Juanma lo conocía del “Jandros”, antro santurtziarra donde nos dejábamos
caer (pura ley del embudo) todos los que disfrutábamos con el rock y sus aledaños.
El “Jandros” era heredero del “Club 51” reventado por ETA y acabó precintado por
el ayuntamiento ante la presión vecinal, lo que se dice un local maldito. La primera
relación fue “comercial”, ya que él trapicheaba esporádicamente y poco a poco
fuimos entrando en confianzas. A mí me hacía gracia su desparpajo y a él, me
temo, le hacía gracia, sobre todo, mi novia. Juanma era alto, con cara redonda y
melenas a lo Jim Morrison –de hecho le encantaba el “Roadhouse Blues”– pero lo
que realmente le iba era la “química”. Para hacer un estudio sobre los efectos de
cualquier sustancia, nada mejor que tomar apuntes después de estar con él una
tarde. Juanma era de otro barrio heavy de Santurtzi: Kabiezes, por alguna extraña
razón, los que bajaban de allí eran auténticos kamikazes del pastilleo, vivía cerca
del cementerio y siempre se le notó. Le encantaban los temas escabrosos.
En un momento de auténtica crisis en nuestra banda, Juanma y yo nos pusimos
a fantasear con la posibilidad de montar otra. En aquellos días estábamos enganchados
con los Ramones y pensábamos hacer algo así: fácil, rápido, directo. Josu,
que también se dejaba caer por aquel antro, sería la otra pata del banco y también
mi amigo de la infancia, Laiki el autostopista, estaría en el ajo. El nombre surgió
sin más, porque sonaba “como si vomitas al decirlo”: “Eskor...¡BUTO!”, y después
de hacer unas risas con la ocurrencia, Juanma apareció al día siguiente diciendo
que había tenido sueños delirantes con el nombre y le parecía perfecto. Cuando los
otros “zaramas” se enteraron de mis coqueteos al margen del grupo me llamaron
al orden. La verdad es que, dejando a un lado la broma, yo me sentía mucho más
que miembro de un grupo de rock. Zarama era mi familia, mi proyecto, el resumen
de mis mejores sueños y en el terreno personal, me sentía plenamente identificado
con los demás componentes.
Pero la mecha eskorbutiana estaba ya encendida y la llama se dirigía imparable
hacia el barril de pólvora. Juanma, Josu y Laiki ficharon a un batería de Kabiezes
–apodado el “Gu”– y pusieron en marcha la leyenda. Josu aportaba sus visiones
apocalípticas, sus sueños febriles de imposibles revueltas sociales, su orgullo de
generación, de barrio y sobre todo, aunque resulte chocante hablando de un grupo
punk, su instinto comercial, su extraordinaria capacidad para crear cancioneshimno
de estribillos contagiosos. Juanma, por su parte, aportaba las pesadillas. La
vieja que le atormentaba en su infancia, la tierra dominada por los dinosaurios, los
muertos, obsesivamente presentes en toda su obra.
La creación del grupo coincidió con la expansión del punk y sirvió de continua
inspiración para ellos. De pronto era habitual verles con discos de Plasmatics,
UK Subs, G.B.H., Exploited, Dead Kennedys y toda la generación de continuadores
de la saga Pistols. Pero el gran drama de Eskorbuto, es que no valían
para malos. Lo intentaron con tesón pero no les salía. Si trataban de robar en una
iglesia, despertaban a todos los vecinos y acababan en chirona. Si pretendían dar
un tirón, la dueña del bolso resultaba ser campeona olímpica y corría más que
ellos. Si se colaban en el tren, los guardias jurados les daban pal pelo... para ser los delincuentes juveniles que a veces se creían, les faltaba ese algo más que caracteriza al verdadero canalla, ése que, evidentemente, puede vestir chupa de cuero o trajes exorbitantes.
Cuando publicaron la reedición de algunos discos de
Desechables y leí la biografía, quedé asombrado de los paralelismos que había
entre ambas bandas. Ellos también se fundaron en torno al tasco “enrollado” de
turno y también jugaron a delincuentes juveniles cuando, a todas luces, no lo eran.
La diferencia está en que a uno de los componentes de Desechables lo mataron
cuando trataba de atracar él solo una joyería con un arma de juguete. El dueño de
la tienda tenía una de verdad y no se lo pensó.
A Josu le gustaba mucho repetir aquello de “todavía nos seguimos riendo”, pero
lo cierto es que también, yo diría que sobre todo, sufrieron de lo lindo. La militancia
anti-todo les hizo incómodos en todos los ambientes y su rápida adicción a la
heroína les llevó a menudo a merodear los ambientes más sórdidos. Moverse con
ellos requería mentalizarse seriamente para cualquier tipo de susto. No se cansaban
nunca. Podían hacer burla a una pareja de la Ertzantza y echar a correr, meterse
en un portal a hacer sus maniobras y encararse con el vecino más malencarado
del mundo, entrar en el autobús y dedicarse a comprobar si el martillito de emergencia sirve de verdad para romper el cristal (servía), era un puro sinvivir. En
varias comisarías ya se los tomaban a cachondeo.
Aquella primera fase de cercanía entre nuestros grupos terminó cuando se largaron
a Kabiezes. La familia del Gu tenía una casita deshabitada perdida entre
pabellones industriales y allí se instalaron, en un lugar donde podían meter todo
el ruido que querían y donde además tenían espacio para rascarse a gusto los huevos.
Fue una fase de gran creatividad donde compusieron buena parte de sus canciones
legendarias. Pero ni Laiki ni el Gu fueron capaces de seguir mucho tiempo
ese ritmo. En sus andanzas callejeras dieron con Paco, que también tenía local y
batería en Portugalete y no pararon hasta que le afeitaron la barba. A partir de ese
preciso momento Eskorbuto se convirtió en un misil. Para que tres personas
hagan una banda contundente, esa banda ha de ser la hostia. Pocas hay realmente,
pero todas de quitarse la boina: Cream, Motorhead, ZZ Top, Kortatu,
Police, The Jimmy Hendrix Experience... Ellos lo consiguieron.
El tiempo, que todo lo borra, podrá aparcar en el olvido muchas anécdotas
asombrosas, pero tardará en cargarse esas canciones excepcionales compuestas
con las tripas y que son su mayor legado: “Ratas en Bizkaia”, “Tamara”, “Rogad a
Dios por los Muertos”, “Mucha Policía, Poca Diversión”, “Busco en la Basura”,
“Soldados”... Lo que ya es privilegio generacional (todas las generaciones tienen
los suyos) es haberlos visto en directo. Era raro, muy raro, que hicieran una actuación rutinaria, sus puestas en escena eran siempre intensas, conflictivas, imprevisibles.
En el fondo, a ellos mismos les superaba este hecho. Saber que van a ocurrir
cosas inesperadas puede ser divertido al principio, pero con el paso del tiempo uno
tiene el deseo inconfesable de que el personal se dedique a corear tus canciones,
que te pidan unos cuantos bises e irte tan contento para casa después de cobrar.
Para ellos era realmente difícil. Cuando no había peleas, alguien rompía los focos
o caía de bruces sobre la mesa de mezclas. Bolo, personaje fundamental en el mundillo
musical de Bilbao, suele decir que el punk fueron Sex PIstols y
Eskorbuto, quizá tenga razón, lo que ocurre es que los Sex PIstols terminaron
su disparatada andadura en menos de dos años y se dedicaron a vivir del cuento.
Eskorbuto, en cambio, alargaron durante más de una década su desquiciada trayectoria.
El mártir de la movida Pistols fue Sid Vicious. En todas las películas y
reportajes sobre aquel episodio, el resto de la banda suele soltar unas lagrimitas de
homenaje a su figura, lamentablemente perdida en manos del “sistema” y de
“aquella zorra que lo manipuló”. Los demás predicadores del “No Future” han tenido
un futuro cojonudo. Lo de Eskorbuto en cambio, fue como si a los Pistols, les
hubieran obligado después a convivir con toda la enérgica secuela de punkys desquiciados que ellos mismos parieron (y contra la que tantas pestes echaron).
Después de la fama inicial, Juanma y Josu podrían haberse retirado a sus castillos
de invierno y dejar que los fans se los imaginaran donde quisieran, pero no.
Sus aficiones y su estricto sentido de la coherencia, les llevaron a seguir en la puta calle. De esta forma, nuevas hornadas de punkeros, mucho más enérgicos, radicales y sobre todo, menos quemados que ellos, tuvieron la extraordinaria oportunidad de rular con sus ídolos por la calle y comprobar en directo si eran tan auténticos como los habían imaginado. Insisto, ellos no valían para “malos”, sencillamente no lo eran.
De aquella triste etapa de finales de los ochenta, sacaron un
balance catastrófico: se engancharon de forma irreversible, destrozaron lo que les
quedaba de salud y fueron vetados en casi todos los bares donde pretendían entrar,
esto sin contar la innumerable cantidad de palizas que se comieron para demostrar
su valor, porque valientes si eran, demasiado incluso.
Durante un viaje a México en 1992 y pude observar con asombro como decenas
de cintas piratas se vendían en rastros y tiendas de música sin que nadie hubiera
movido un dedo para que así fuera. Esto puede sonar exagerado, pero doy fe de que
entonces, su casa de discos no había dado un solo paso para promocionar ni distribuir
a Eskorbuto más allá de Finisterre. La leyenda cruzó el océano sin aparato
promocional alguno. En los estertores de su existencia, llegaron a conocer un
inmenso pabellón mexicano repleto de fans que coreaban sus canciones. Para
entonces Josu era incapaz de moverse de su casa, Juanma y Paco le fueron enseñando
las canciones a Iñaki, guitarra de los donostiarras Speed, durante el viaje
en avión. Increíble pero cierto.
Un capítulo decisivo en su atormentada odisea, fue la detención en Madrid y la
aplicación de la ley antiterrorista. “Las Gestoras pro-Amnistía dormían mientras
nosotros nos pudríamos”... Corrieron muchos ríos de tinta en su día con este suceso
que a ellos les cabreo sobremanera, pero antes de que ocurriera, ellos no estaban
alineados con la izquierda abertzale y es muy probable que simplemente las
Gestoras pro-Amnistía no supieran que les habían detenido (yo mismo, no me
enteré hasta que salieron). Por cierto, antes de que partieran ya hicimos risas sobre
el viaje, porque pretender promocionar la banda por Madrid con canciones como
“Maldito País España” y “ETA” es lo más parecido que he visto en mi vida a ir buscando
un escándalo ¿o no?
Fue, recordémoslo, en el verano del 83, el mismo año en el que Las Vulpess
habían conseguido el suyo propio sin pretenderlo. El diario de la derecha “Abc”
reprodujo la letra de “Me Gusta Ser Una Zorra” que interpretaron en el programa
“Caja De Ritmos” de TVE. El PSOE acababa de llegar al poder y los sectores más
fachosos tenían ganas de sacar faltas a todo. Nadie se enteró de aquella actuación,
perdida en la inocua programación televisiva mañanera del sábado, pero el diario
“Abc”, varios días después, se encargó de airear la letra, una deliciosa gamberrada
dirigida a provocar a chicos amuermados: “Si tu me vienes hablando de amor / que
dura es la vida, el caballo me guía / permíteme que te dé mi opinión / mira imbécil,
que te den por culo...” Loles (guita), Mamen (voz), Lupe (batera) y Bego (bajo) reprodujeron de forma involuntaria la andadura de los Sex PIstols, pero con el factor
agravante de que eran chicas. Aquel estruendo las puso en boca de todos. No hubo
periódico que no las aireara en su editorial y hasta plumas tan asentadas como la de
Cela les dedicaron largas reflexiones. Parecía que se les abría el mundo pero en realidad habían cavado su tumba. Sus actuaciones se llenaron de descerebrados ajenos
al mundillo del rock & roll que querían ver “a las zorras” y de paso tocarlas el culo
que para eso habían pagado. Unos ultraderechistas las dieron una paliza en los
camerinos del “Rock-Ola”, templo de la “movida” por cantar “Policía Asesina”.
Lo de Las Vulpess era increíble. En el 83 las mujeres no pintaban nada en el
rock y ellas, cansadas de ser convidadas de piedra en los ensayos de M.C.D. (longeva
y castiza banda bilbotarra a la que estaban unidas por todo tipo de relaciones),
se atrevieron a hacer su propio grupo punk, logrando completar un combo divertidísimo.
En cierta ocasión las vi por pura casualidad en la Universidad de Leioa,
provocando con gracia de sardineras al estudiantado y me enamoré simultáneamente
de las cuatro. A partir de entonces acudí allá donde tocaban y siempre conseguían
liarla. La verdad es que el escándalo acabó por dividirlas y lo que parecía
un pelotazo acabó siendo un reventón. Aquellas Vulpess mediáticas eran una
deformación grotesca de la realidad y no lo soportaron. Unos años más tarde hicieron
un último concierto junto a Kortatu para impedir el cierre de la “Sala
Garaje” (antes “La Jaula”), toda una institución rockera en Bilbao, regida entonces
por Rafabilly y por Carmelo “McLaren”, hermano de Loles y de Lupe. Un concierto
para llorar de rabia.
Los viajes a Madrid de Eskorbuto fueron siempre sonados. Del primero volvieron
ya con un contrato con Spansuls Records para grabar aquel legendario
“Mucha Policía, Poca Diversión”, lema que fue adoptado por la coordinadora de
comparsas de la “Aste Nagusia” bilbaína. Poco después actuaron en la gala de
“Radio Tres”, a altas horas de la madrugada. Todavía recuerdo el comentario asombrado
de Beatriz Peker: “¡Sí, lo está haciendo, está rompiendo la guitarra!”. De
aquel concierto volvieron convencidos de que el punk madrileño estaba plagado
de pijos.
Más tarde, cuando los componentes de Eskorbuto tenían necesidad perentoria
de pasta protagonizaron algunos capítulos insólitos. El elepé “Los Demenciales
Chicos Acelerados” fue editado idéntico por dos discográficas distintas y con dos
portadas que no tienen nada que ver, caso probablemente único en la historia del
rock, ¿la causa?, ellos se llevaron el “master” que era propiedad de Discos
Suicidas y lo vendieron a una segunda compañía discográfica sin comentarles
(un olvido lo tiene cualquiera) que se trataba de un disco ya editado.
Josu tocaría de nuevo con nosotros. En la presentación del “Bostak Bat” organizamos
el único festival en el que nos metimos a empresarios. Alquilamos el
Pabellón de la Casilla de Bilbao y nos metimos un buen tortazo. Metimos casi dos
mil personas en un soleado día de San Juan pero eso, en el pabellón, parecía un
guateque. Preparamos un festival lleno de sorpresas y la principal, fue la presencia
de Josu para interpretar su propio tema “Dana Ongi Dabil”. El hombre estaba
ya bastante encogido y enfadado con el universo, pero en escena supo rendir pleitesía
al Peter Townshend que llevaba dentro.
Ahora los cadáveres de Josu y Juanma descansan junto a los de mis familiares
muertos. Cuando visito el nicho de mi padre paso frente a los vuestros y se me
hiela siempre el alma. El enterrador de Kabiezes me dijo en cierta ocasión que
vuestra tumba es profusamente visitada por tribus que vienen de confines increíbles.
Vuestro mito crece día a día como el de tantos rockeros muertos y yo espero,
confío o simplemente sueño, que un día nos veamos “Mas Allá del Cementerio”.

6 comentarios:

Mario Renato dijo...

Que interesante que dediquen un capitulo a esKorbuto! gracias por el aporte respeto mucho a la historia de eskorbuto no se tu, pero me considero un gran hincha de esta banda.
Busco arduamente el pdf de "Eskorbuto: Historia triste" de Diego Cerdan pues vivo en Peru y no tengo como comprar ese libro, si tu supieras de algun link, y lo pudieras publicar o mandar a mi mail
renatosaldana@gmail.com

Gracias

mretamalesr dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
gaudiramone dijo...

Impresionante entrada.
Eres todo un documento viviente!!!

Lo tendrías que poner en la wikipedia.

Enhorabuena por la entrada.

erick pérez dijo...

Cierto, muy cierto, por los 80 en México, en el under, sonaba mucho eskorbuto y polla records,
saludos desde monterrey nuevo león

erick pérez

oscar brayan velazquez gutierrez dijo...

mi banda faborita sin duda saludos del edo.mexico ''viviendo en catolico pecado aselerado''

oscar brayan velazquez gutierrez dijo...

eskorbuto la mejor banda del mundo
saludos desde el EDO.MEXICO
''VIVIENDO EN CATOLICO PECADO ASELERADO''